28 jun. 2010

El camello cojito (Gloria Fuertes)


- No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.
A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
le hace cosquillas en Niño.
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Versos del poema El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)
de Gloria Fuertes

22 jun. 2010

Los Menecmos o Los gemelos (Plauto)


MESENIÓN: ¿Por qué gritas? ¿Por qué no te callas? (a Menecmo I) ¿Cuántos años tenías cuando tu padre te sacó de tu patria?
MENECMO I: Siete, pues entonces se me estaban cayendo los primeros dientes. Y después no he vuelto a ver a mi padre nunca más.
MESENIÓN: ¿Cómo? ¿Cuántos hijos tenía entonces tu padre?
MENECMO I: Según recuerdo bien, dos.
MESENIÓN: ¿Cuál de los dos era mayor, tú o el otro?
MENECMO I: Los dos éramos de la misma edad.
MESENIÓN: ¿Cómo puede ser eso?
MENECMO I: Éramos gemelos.
MENECMO II: Los dioses quieren mi bien.
MESENIÓN: (a Menecmo II) Si interrumpes, mejor me callo.
MENECMO II: Me callo.
MESENIÓN: (a Menecmo I) Dime, ¿teníais los dos el mismo nombre?
MENECMO I: En absoluto. Yo me llamaba, como ahora, Menecmo. Al otro lo llamaban entonces Sósicles.
MENECMO II: He aquí la señal, debo darle un abrazo. ¡Salud, hermano mío gemelo! Yo soy Sósicles.
MENECMO I: ¿Y cómo, pues, entonces se te llama Menecmo?
MENECMO II: Cuando se nos dio la noticia de tu muerte y la de mi padre, nuestro abuelo lo cambió y me puso tu nombre.
MENECMO I: Creo que fue así como dices. Pero respóndeme a esto.
MENECMO II: Pregunta.
MENECMO I: ¿Cómo se llamaba nuestra madre?
MENECMO II: Teuximarca.
MENECMO I: Exacto. Salve, oh inesperado al que veo después de muchos años.
MENECMO II: Y tú, hermano, al que he buscado hasta ahora en medio de muchas miserias y fatigas y al que me alegro de haber encontrado.

12 jun. 2010

El mar de la trola (Carlos Reviejo)

¡Como soy tan pobre
yo nada te doy.
- Pues por ser tan pobre...,
contigo me voy.

Y juntos se fueron
en aquel bajel,
por los siete mares
de luna de miel.

(Versos del poema El mar de la trola de Carlos Reviejo)

7 jun. 2010

Miles gloriosus o El soldado fanfarrón (Plauto)

Acto primero

ARTOTROGO: ¿Para qué te voy a decir lo que todos los mortales saben, que tú eres el único Pirgopolinices que vives en la tierra con un valor y una belleza y unas hazañas más que insuperables? Te adoran todas las mujeres, y no sin razón, puesto que eres tan guapo. Como las que ayer me tiraron del manto.
PIRGOPOLINICES: (Intrigado) ¿Qué te dijeron esas?
ARTOTROGO: No dejaban de preguntarme: "¿Ese es Aquiles?", me dice una. "No, pero es su hermano", le dije yo. Entonces otra me dice: "Por Cástor, qué guapo y apuesto es; mira que bien le sienta el corte de pelo. Anda que no tienen suerte las que se acuestan con él".
PIRGOPOLINICES: (Impresionado, sin dar crédito) ¿De verdad que te decían eso?
ARTOTROGO: Como que las dos me suplicaron que hoy te hiciera pasar por alli delante de ellas como en procesión.
PIRGOPOLINICES: ¡Qué desdicha más grande ser un tío demasiado guapo!

2 jun. 2010

Otelo (William Shakespeare)

Acto tercero. Escena tercera.

YAGO: ¿Qué moquero?
EMILIA: "¡Qué moquero!" ¡Pardiez!, el moquero que el moro dio como primer regalo a Desdémona, que tantas veces me aconsejásteis hurtar.
YAGO: ¿Y se lo has hurtado?
EMILIA: No, a fe mía; lo dejó caer por descuido, y como estaba yo presente, me aproveché de esta ocasión favorable para cogerlo. Miradlo, aquí está.
YAGO: Eres una buena chica; dámelo.
EMILIA: ¿Qué intentáis hacer con él, para haberme instado tan reiteradamente a que lo escamotease?
YAGO: (Arrebatándole el pañuelo) ¡Pardiez! ¿Qué os importa?
EMILIA: Si no es para algún asunto de importancia, devolvédmelo. ¡Pobre señora! Va a volverse loca cuando advierta que le falta.
YAGO: Fingid no saber de ello. Tengo necesidad de él. Idos, dejádme. (Sale Emilia)


YAGO: Voy a extraviar este pañuelo en la habitación de Cassio y a dejarle que lo encuentre. Bagatelas tan ligeras como el aire son para los celosos pruebas tan poderosas como las afirmaciones de la Sagrada Escritura. Esto puede acarrear algo. El moro se altera ya bajo el influjo del veneno. Las ideas funestas son, por su naturaleza, venenos que en principio apenas hacen sentir su mal gusto; pero, a poco que obran sobre la sangre, abrasan como minas de azufre... Tenía yo razón. ¡Mirad, aquí viene! ¡Ni adormidera, ni mandrágora, ni todas las drogas soporíferas del mundo te devolverán jamás el dulce sueño que poseías ayer. (Entra Otelo)


OTELO: ¡Ah! ¡Ah! ¡Pérfida conmigo!
YAGO: ¡Pardiez! ¿Qué hay, general? ¡No más de eso!
OTELO: ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has puesto en el potro! Juro que vale más ser engañado mucho que saber sólo un poco.
YAGO: ¿Qué es esto, mi señor?
OTELO: ¿Qué sentimiento tenía yo de sus horas furtivas de lujuria? Yo no las veía, no pensaba en ellas, no me hacían sufrir. La noche última dormí bien, comí bien, estaba alegre, y mi espíritu era libre; no hallaba en su boca los besos de Cassio. Al que ha sido robado y no se ha enterado de la falta de lo sustraído, dejadle en la inocencia del hurto, y no habrá sido robado del todo.
YAGO: Estoy apesadumbrado de oíros esto.
OTELO: Habría sido feliz, aun cuando el campamento entero, con gastadores y todo, hubiera gozado de su dulce cuerpo, con tal de no haber sabido nada. ¡Oh! Ahora, ¡adios para siempre a la tranquilidad del espíritu! ¡Adios al contento!